La ciudad de Arequipa, cuna de grandes hombres en todos los campos del saber, las armas, la religión y el arte han engrandecido a nuestra patria.

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Alberto Vargas y Chávez


Joaquín Alberto Vargas Chávez, nació en Arequipa, Perú, el 9 de febrero de 1896, primer hijo de seis de Max Vargas, un notable fotógrafo de retratos y paisajes, muy conocido en todo el Perú y en Europa.

Arequipa es la segunda ciudad del Perú situada al pie del volcán Misti.  La ciudad blanca ha sido cuna de políticos, militares, escritores y artistas notables y Alberto fue uno de ellos.

En el laboratorio de su padre, Vargas aprendió las técnicas de la fotografía y en especial a utilizar el aerógrafo, que no era el instrumento delicado de la actualidad, sino un tosco dispositivo que por el método de aspersión se utilizaba para retocar y colorear los negativos y las fotografías.   En sus manos, Alberto lo convirtió en un sofisticado arte que hacía maravillas en las fotos de los clientes de su padre.  Pero la pasión de Alberto no era precisamente la fotografía, sino la pintura y el dibujo que despertaba en él, ideas que plasmaba en el papel con una sutileza muy pocas veces vista.
Creció y se educó en su ciudad natal, pero Max y su esposa Margarita, querían que sus hijos tuvieran la mejor educación posible, preferiblemente en Europa.  En 1911 cuando Alberto era un adolescente viajó a Suiza en compañía de su padre y su hermano Max, para completar sus estudios y luego ingresar a las mejores escuelas de fotografía en Ginebra y Londres.  Después de eso, acordaron que regresaría a Arequipa para seguir trabajando en el laboratorio de su padre.  Max, el hermano menor, estudiaría economía para seguir una carrera en la banca.

Aunque Alberto estaba de acuerdo con el plan, en realidad tenía otras aspiraciones pues su pasión era la pintura y el dibujo, artes que había practicado en sus tiempos libres y para lo que poseía un talento extraordinario, incluso haciendo caricaturas.  Cuando iniciaron el viaje, Max Vargas debía pasar por París para recibir una medalla de oro como premio por un estudio fotográfico hecho sobre unas ruinas incaicas.

Para Alberto que apenas tenía 15 años, los museos de París fueron toda una revelación.  Las obras de los grandes artistas estimularon su ingenio. Dibujó las obras del Louvre, en especial las estatuas griegas, aprendiendo a dibujar las formas humanas, sin ropa ni nada que ocultara la belleza física del ser humano.  En París, por doquier encontraba exhibiciones de desnudos que lo inspiraron para mejorar su arte.  Alberto era un autodidacta, pero un artista innato.
Respetando los deseos de su padre, pasó cinco años estudiando en las mejores escuelas de Suiza.  Aprendió alemán y francés y comenzó a trabajar como practicante en un estudio de fotografía en Ginebra.   Pronto estalló la guerra y en 1916 recibió un telegrama de su padre dándole instrucciones para viajar a Londres inmediatamente.   Alberto comenzó su viaje pero debió detenerse en París donde recibió nuevas órdenes de su padre para que viajara a Nueva York con conexiones de regreso al Perú.  Su hermano Max debía unírsele en Nueva York para que ambos regresaran a Arequipa.

Alberto llegó a Nueva York en octubre de 1916.  Pasó los primeros días paseando por las calles y avenidas de esa gran metrópoli.  Un día, mientras recorría Broadway vio a una mujer con cabellos rojos, que con paso rápido caminaba por la calle atestada de gente.   La siguió hasta un teatro donde ella entró.  Alberto le preguntó al portero el nombre de aquella hermosa mujer.  En ese teatro se presentaba el Greenwich Village Follies y la muchacha de pelo rojo era la bailarina Anna Mae Clift.  Alberto espero fuera del teatro hasta que terminó la función y una vez que la muchacha salió, se le acercó diciéndole que era artista y quería pintarla, pero que no tenía dinero para pagarle.  Sin dudarlo, ella aceptó.   El flechazo de cupido fue instantáneo.  Anna Mae, era hermosa, delgada con una enorme cabellera roja que enmarcaba una sensual cara, con unos ojos azules que se tonaban violáceos de acuerdo con la luz del sol.  Desde ese momento, la muchacha posó para el artista muchas veces y en todo ese tiempo Alberto no se atrevía a decirle que estaba perdidamente enamorado de ella.

Alberto tomó la decisión de quedarse en Nueva York y le dijo a su padre que no regresaría a Arequipa.  Su padre aceptó la decisión del muchacho y le deseó lo mejor, pero le advirtió que no recibiría más ayuda económica de su parte y por tanto, desde ese momento, se las debía arreglar sólo.  Alberto tenía que buscarse un medio de vida.
Para quien conoce las obras de Vargas siempre piensa en las chicas pin-up, las “Chicas Vargas” publicadas en las revistas Esquire y Playboy, sin embargo, sus primeras obras con Anna Mae y otras chicas de la farándula neoyorquina, denotan un talento superior o igual a los de Ingres, Degas y Toulouse-Lautrec.  Vargas trabajaba sus originales en óleo, pastel o tinta.  Su preferencia era la acuarela y ninguna de las reproducciones que se ven en la actualidad hace justicia al arte perfecto del artista con las tonalidades y la plástica que esas obras poseen.  Los retratos de 1920 de Lila Lee, también conocidos como "Canario Amarillo" y los de Caja Eric, una de las chicas de Ziegfeld, revelan esa facilidad que Alberto tenía para animar la figura femenina, con sombras al estilo de Rembrandt y Vermeer.

En 1928, pintó "Spanish Lace" también llamada "Spanish Gypsi" una pintura perfecta que muestra el talento del artista peruano.   Pero el pintor Alberto Vargas, por razones de necesidad, se convirtió en el "Rey del Arte Pin-up", del retrato pegado en la pared.  Estando solo en Nueva York, casi sin saber el idioma, no le quedó otra alternativa que dejar de pintar emulando a los grandes artistas europeos, para dedicarse a hacer un trabajo que le brindara beneficios económicos inmediatos.  Sus primeros trabajos los realizó retocando negativos para un fotógrafo de la Quinta Avenida.  Luego dibujó cabezas y sombreros para Butterick Patterns, un fabricante de patrones de costura, tan de moda en aquella época. Luego se convirtió en artista "freelancer" vendiendo dibujos a $30 por pieza.

Terminó la Gran Guerra y Nueva York volvió a cobrar vida como centro del arte y de la moda.  Vargas se convirtió en dibujante libre de varias revistas y periódicos, mientras seguía practicando la acuarela.  Para entonces, su tema exclusivo eran las mujeres utilizando el aerógrafo que aprendió a usar en el laboratorio de su padre.   Florenz Ziegfeld quedó maravillado por las cualidades artísticas de Alberto y lo contrató para que pintara a las "Chicas Ziegfeld", mediante un acuerdo verbal que lo convirtió en el artista exclusivo del famoso empresario durante 12 años.

En el trabajo, Ziegfeld le daba las pautas.  La sensualidad y la seducción eran la clave, el sexo debía ser sugerido pero nunca evidente, es decir Vargas tenía que expresar su arte en los delgados límites que existen entre el arte con clase y estilo de un desnudo de mujer y la simple obscenidad. Lamentablemente, la mayoría de las obras de Vargas durante ese período, se quemaron en un incendio que destruyó el depósito de Ziegfeld donde, entre otras cosas, guardaba las obras de Vargas.
Hacia fines de los años 20, Vargas trabajó también para revistas y periódicos, haciendo publicidad, retratos y cubiertas para partituras de música.  No le declaró su amor a Anna Mae Clift, su musa e inspiración, durante todo ese tiempo, por el contrario, fue Anna la que le sugirió que se casasen.

En 1930 surgió el Arte Deco y el glamour de las divas de Hollywood y Vargas fue capturado por ese mundo.  La Twentieth Century Fox se lo llevó a la meca del cine, donde pintó a los famosos artistas de la época.  Ayudó a diseñar los decorados de los sets de filmación e hizo retratos de Greta Garbo, Dorothy Lamour, Marlene Dietrich, Bárbara Stanwyck, Paulette Goddard y Shirley Temple.  Pronto y estando ya establecidos, Alberto y Anna Mae se casaron, pero no tuvieron hijos.  Vivían el uno para el otro solamente.  Ella cocinaba, hacía las compras diarias, pagaba las cuentas, atendía las llamadas telefónicas y espantaba a las visitas que pugnaban por ver el Estudio de Vargas.

En 1939, cuando estaba por estallar la Segunda Guerra Mundial, Vargas trabajaba para la Warner Brothers y se unió a un círculo de artistas que hicieron una huelga.  Por su participación, Vargas fue puesto en la lista negra y acusado de comunista.  Forzados por los organismos de seguridad del gobierno sus posibles empleadores y amigos, durante ocho meses, le negaron cualquier trabajo y al borde de la bancarrota decidió regresar a Nueva York.

Buscando qué hacer, en los avisos clasificados de los periódicos, encontró un aviso de la revista Esquire, una de las publicaciones para hombres más leídas en EEUU en esa época.  El artista de de la revista era George Petty, creador de las Chicas Petty.  Los editores y Petty estaban en entredichos, pues no tenían un contrato escrito, aunque Petty ganaba $1800 por cada dibujo.  Para Esquire, Alberto Vargas llegaba en el momento preciso.  Vargas firmó un contrato con los editores, mediante el cual le asignaban $75 semanales y mediante acuerdo verbal decidieron quitarle la "s" del apellido, para convertirlo en "Varga".  Alberto ganaría además el 50% de las ventas subsidiarias, por posters y calendarios y en tres años si deseaba continuar, le subían el sueldo a $150.

Las "Varga Girls" fueron un éxito desde le primer momento.  Con la Segunda Guerra Mundial en pleno desarrollo en Europa y con EEUU como el gran proveedor de los Aliados, el país fue inundado por una ola de patriotismo.  Las "Chicas Varga" se convirtieron en un símbolo de Esquire y los mandos militares aprovecharon la oportunidad para utilizarlo como un medio para elevar la moral de las tropas.  En 1941, Esquire vendió 320 mil calendarios que le reportaron $80 mil a los editores.  Las "Chicas Varga" se convirtieron símbolo del esfuerzo bélico de los EEUU, debido a su poder de penetración en el mercado.  Alberto Vargas trabajó como un esclavo, explotado todo ese tiempo por la revista Esquire.  En 1944 después de trabajar durante un año sin contrato y con el mismo sueldo. Vargas y su esposa se sentaron con los editores y firmaron un nuevo acuerdo contractual, que por necesidad Vargas firmó sin leerlo siquiera y del cual nunca, ni él ni su esposa, recibieron una copia.

El nuevo contrato le daba a Vargas el estatus de contratista independiente, pero lo ataba a la revista por 10 años y 6 meses a partir del 01 de enero de 1944.  Además Vargas se comprometía a entregar 26 pinturas cada seis meses, es decir 52 pinturas al año con todos los derechos exclusivos para la revista Esquire.  Vargas recibió un mil dólares mensuales, 12 mil dólares al año por su trabajo.  Según la autobiografía de Vargas, por concepto solamente de las "Chicas Varga" la revista Esquire percibió más de 1 millón de dólares sólo en el año 1945.

Cuando descubrieron la trampa en que los habían metido, los Vargas iniciaron una querella judicial.  Ganaron el caso en primera instancia, perdieron la apelación y a eso siguieron contra apelaciones y contra demandas.  La batalla legal destrozó a los Vargas financiera y moralmente.  Los Vargas se fueron a vivir a Los Ángeles tratando de abrirse un nuevo camino, pero cada vez, que iniciaban algo, Esquire se encargaba de destruirlo, alegando que eran dueños del nombre “Varga” y de la producción del artista, al menos mientras no hubiera una sentencia que lo impidiera.   Vargas se vio obligado a cargarle tres hipotecas a su casa y consiguiendo dinero mediante el diseño de pañoletas, corbatas, artículos de tocador y cuanto estuviera a su alcance, para poder subsistir.  En medio de esa terrible situación económica, llegó el doloroso trauma para la pareja, cuando Anna Mae debió hacerse una masectomía radical en 1950.  Estando económicamente quebrados, condolido el médico les financió la operación.

En 1953 Hugh Hefner dejó su trabajo como publicista de Esquire, también por disputas con sus editores y fundó Playboy.  Tres años después, el nuevo abanderado de la libertad sexual, comenzó a publicar el trabajo de Vargas.  Las "Chicas Vargas" volvieron a aparecer ocasionalmente, hasta que en 1960, las Chicas Vargas comenzaron a publicarse mensualmente.   En total, Playboy publicó 152 pinturas de Vargas.  Se puede decir que Playboy fue más generosa que Esquire, pero no tanto.  Vargas ganaba al comenzar $500 por pintura y al final llegó hasta $1500 por cada obra.  En los años 60, la “centerfold” de Playboy y la "Chica Vargas" eran el tema obligado en los corrillos de las universidades estadounidenses y famosas a lo largo y ancho de Estados Unidos.   Las "Chicas Vargas" de hecho se incorporaron a la cultura estadounidense.

En 1958, Arequipa lo recibió con honores y Esquire y Playboy todavía debían pagarle sus derechos de autor, pero ningún museo estadounidense ha expuesto sus obras en reconocimiento a su arte.  Alberto Vargas fue un hombre de una moral a toda prueba, fiel a su esposa y alejado de todo tipo de vicios, incluso los considerados "sociales", excepto por un ocasional cigarrillo.  Era un hombre criado con los más nobles códigos de honor y los practicaba en toda su dimensión.  Cuando Playboy le pidió que mostrara el vello púbico en sus pinturas se negó, tanto por respeto a las mujeres que posaban para él, como por respeto a su esposa.  Trabajó duramente, se convirtió en ciudadano de EEUU y durante la guerra mundial y Corea aportó todo su arte al esfuerzo bélico.
A este notable artista, Hollywood lo puso en la lista negra, Esquire lo explotó, en 1943 los bombarderos de EEUU llevaban las "Chicas Vargas" pintadas en el morro, cientos de miles de soldados americanos en todo el mundo tenían a las "Chicas Vargas" colgadas en sus cuarteles y en las trincheras de Europa y el Pacífico no faltaban tampoco.
Cuando se comenzaron a comercializar las reproducciones de Vargas, los editores las vendieron por un total de $14 millones y un original "Spanish Lace" se vende ahora en $165.000.  Un original de Ava Gardner cuesta $195.000 y "Diana" tiene un valor de $325.000.  Más de la mitad de las obras que se venden actualmente son reproducciones, el resto son originales y hay miles de miles de copias falsificadas.

En 1974, Anna Mae sufrió una grave caída, probable ruptura de cadera, de la cual no se recuperó nunca y la llevó a la muerte.  Vargas quedó desolado y totalmente desamparado.  Su sobrina Astrid, que vivía en Los Ángeles con su esposo y tres hijos, lo acompañó, haciendo todo lo que Anne Mae hacía por él y hasta el resto de sus días lo siguió haciendo.  Durante 8 años Astrid Vargas Conde, fue la mano derecha de su tío y su confidente.  En 1979, Alberto Vargas y su sobrina Astrid fueron a Europa para una exhibición y para visitar algunas ciudades europeas, donde fue recibido y agasajado como nunca lo fue en EEUU.

El 30 de diciembre de 1982, Alberto Vargas murió de un infarto al corazón a los 86 años de edad.