La ciudad de Arequipa, cuna de grandes hombres en todos los campos del saber, las armas, la religión y el arte han engrandecido a nuestra patria.

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Ángel Muñoz Alpaca



Eximio charanguista, el mas fiel representante del estilo arequipeño. Nació en Yanahuara, departamento de Arequipa el 2 de octubre de 1928. Sus padres fueron don Francisco Muñoz Aguirre y doña Toribia Alpaca Palomino, descendiente ésta última del más grande charanguista que conoció Yanahuara: don Manuel Alpaca “El Cuchimacho”. Fue precisamente por el lado materno que don Angel heredó la sensibilidad y el gusto por la música. Aprendió de manera autodidacta a tocar el charango y la guitarra desde la época escolar, en el Colegio La Independencia, destacándose posteriormente en la ejecución del charango.

Durante su juventud conoce al célebre constructor de instrumentos don Isaac Rodríguez con quien decide viajar a la hermana República de Bolivia con el propósito de ayudarle a vender sus instrumentos. En La Paz, se presentó a un concurso musical en el Estadio Paceño y logró el Primer Premio y se quedó a vivir por espacio de 3 años en esa ciudad. Ahí empieza a desarrollarse musicalmente pues actuaba en “Radio Abaroa” junto a un charanguista puneño de apellido Masías. Posteriormente formó el trío “Los Ponchos Negros” con dos guitarristas bolivianos, con quienes realizó giras por todo Bolivia: Potosí, Cochabamba, Oruro, Sucre entre otras ciudades. 

Regresa al Perú para trasladarse a Lima por espacio de 6 años, por motivos de enfermedad de su padre en primer lugar, y luego extiende su permanencia para atender el negocio familiar del comercio de ganado. Debido a ello, y por su tamaño, contextura y nobleza es que recibe el apelativo de “Torito”. Tocó en diversas ocasiones en Radio Nacional y en Radio Victoria destacando su personal forma de ejecución del estilo arequipeño con el charango afinado con cuerdas de metal.

Grabó sus primeros discos – 2 de 45 R.P.M.- con “Caminito: Yanahuara”, el takirari boliviano “Tranquilízate” y de su inspiración la marinera “La Sureña” y la pampeña “Arequipeñita”. En los dos primeros temas fue acompañado en la guitarra por su amigo personal, “El Sioca”, Gerardo Alpaca Palomino y en los otros por el reconocido guitarrista Rafael Amaranto.

Otra de las virtudes de este genial charanguista arequipeño es la composición pues ha compuesto obras en diversos géneros: valses, marineras, pampeñas, fox, huaynos, yaravíes, etc. y ha grabado otros discos tanto con el legendario “Trío Yanahuara” como con el “Conjunto de Cuerdas de Arequipa” contando con el acompañamiento de magistrales guitarristas peruanos de la talla de Raúl García Zárate, Rafael Amaranto y Félix Valdivia Cano.   

Colaboración de Ricardo García Nuñez(Charanguista del trío de música popular peruana "Los Cholos")


SEMBLANZA

"Tu vida como un cristal, cualquier día se rompe”, nos repetía a las puertas del mítico local de la Sociedad de Artista y Compositores Peruanos (Saycope), Ángel “El Toro” Muñoz. Hace algunos años, un amigo suyo, lo había caracterizado con estas intensas palabras, aludiendo líricamente a la fragilidad de su vida.

La cuna del criollismo peruano, aquí en el Rimac, ahora se encargaba de albergar el primer encuentro de charangos. En esta bella reunión se dieron cita los grandes exponentes de todas las edades de este pequeño instrumento. Era la primera vez que el maestro Muñoz pisaba Saycope, hablaba de la manera más tierna y entregada que podíamos esperar, parecía muy triste, sin embargo, su presencia no sólo irradiaba nostalgia sino una especie de fuerza fraternal que hacia alegre el ambiente.

Lo llamaron “El Toro” por su hermano, de quien corre la leyenda que detuvo un astado de 500 kilos por los cuernos. Conforme pasaba el tiempo, ese apodo, fue tomando forma en él; se volvió un muchacho fornido y aguerrido, pero nunca dejó de ser sensible a la música. “La vida es fracasos y triunfos pero mi consuelo es el charango, parece una persona, pero es muy chismoso porque cuenta el sentimiento de uno, se lo grita a todos” confiesa “El Toro” emocionado.

Nació en Yanahuara que en quechua significa “calzón negro”, pintoresco barrio arequipeño ubicado sobre una colina que domina la ciudad. Desde los ocho años de edad empezó con el charango. Su hermano Toribio que tenía un conjunto musical, le dio todo su apoyo. Aproximadamente siete años después se encaminaba rumbo a Bolivia y Chile.

Aprendió solo, poco a poco fue manifestando su estilo sumamente personal, distinto a los demás. No vivió de la música hizo vivir a la música, siempre fue agricultor, sus melodías le hacen recodar la soledad, las fincas, la altura, los niños caminando en el frío, la pobreza. Sus composiciones juegan con la tristeza, son lentas, tenues, dulces; se dice que siempre iban acompañas de una buena botella de Pisco al frente. La música que le sale desde adentro es dolida y nostálgica, carga un peso de lágrima, de rechazo, de rabia y de abandono, no obstante, las hermosas notas se hacen aún más libres, en el momento en que comprenden por sí mismas su compromiso, su humildad y su nobleza.

Tiene ya más de setenta años, nos cuenta que en su pueblo no lo conocen mucho, que ha tocado en pocos recitales, que ha viajado a Bolivia, Argentina y Chile, que ha recibido medallas de esas “que se las dan a uno para salvar el momento pero que no se las siente”. Sin embargo, cuando nos habla de sus nietos (Beto y Tito), que están aprendiendo a tocar el charango, sus gestos vuelven a adornarse de esa dulzura de niño tan peculiar en su actuar. Cuando rememora sus andazas con su querido “Trío Yanahuara”, su sonrisa y emoción no tienen límites. Es que con Daniel Serpa (ya fallecido) y Pedro Pablo Llosa, compañeros de riquísimas experiencias formaron un trío de polendas, verdaderos pioneros que entrego categoría y brillo a la música arequipeña.

Ese día de charangos en Saycope fue memorable. Cuando subió al estrado allá en el Rímac, hubo una pausa, un silencio extraño, una complicidad inconsciente del público que se disponía a gozar de algo especial. Levantó delicadamente a su compañero de cuerdas, lo apretó suave como despertando, tambaleaba, daba la impresión que se le iría a caer de las manos; pero ambos se apartaron, se alejaron secreteándose como para empezar la función, lo que siguió sólo le pertenece a esa noche. “El charango es el lamento, pide la justicia, evoca al indígena, al desconcierto, a la pobreza: es sensible, es música” nos enseña Ángel “El Toro” Muñoz.

RUEGOS


Si atenderías a los ruegos de un desventurado amante que por ti muere 
quizás no soportarías el que viva padeciendo quien bien te quiere.

Te amé, te amo y te amaré aunque me creas indigno de tal amor 
yo alimentaré en mi pecho esta pasión que me causa tan cruel dolor.

Finalmente el cielo invoco 
Que favorable decida de mi destino 
entonces conocerás mi excesiva voluntad y amor fino.

Fuente:

  • Iván D'onario y Carolina Loo
  • De la revista "Festival" Agosto-Setiembre 2004