La ciudad de Arequipa, cuna de grandes hombres en todos los campos del saber, las armas, la religión y el arte han engrandecido a nuestra patria.

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Jorge Segundo Vinatea Reinoso


(*Arequipa, 22 de abril de 1900, †Yanahuara, Arequipa, 15 de julio de 1931), fue un pintor peruano.

Jorge Segundo Vinatea Reinoso nació en Arequipa en el seno de una familia pobre, siendo el octavo hijo. Su talento para el dibujo lo puso de manifiesto desde muy niño, después experimenta con la acuarela realizando retratos y paisajes de su tierra.

A pesar de la escasa actividad pictórica, desde fines del siglo XIX la pintura arequipeña empezaba a gozar de una cierta promoción, gracias al Centro Artístico Arequipeño. Fue precisamente esta institución la que en 1917 organizara un concurso en el cual Vinatea y otro joven, Manuel Domingo Pantigoso, resultaran ganadores. Además de sus tempranas acuarelas, el Vinatea de entonces comenzaba a sobresalir por sus caricaturas. Precisamente en ese mismo año, en el estudio fotográfico de los hermanos Vargas, expondría su primer conjunto de caricaturas.

Llega a Lima en 1918, y en 1919 ingresa a la Escuela Nacional de Bellas Artes, teniendo como maestro a Daniel Hernández, pintor de riguroso academicismo que había residido durante cuarenta años en Europa, lo que influenció en Vinatea logrando una depurada técnica artística. Otro de sus maestros influyentes fue el escultor español Manuel Piqueras Cotolí. Años después, trabajó como caricaturista y dibujante en las revistas Mundial y Variedades (1920-1925). Culminó sus estudios galardonado con Medalla de Oro y pasó a integrar la plana docente de su alma máter en 1924.

En una exposición realizada en agosto de 1926 presentó veinte óleos y otros tantos de acuarelas, que fueron bien recibidos por la crítica. Se considera este acontecimiento como uno de los momentos decisivos de la pintura peruana.

Junto con su amigo, el también pintor Alejandro González Trujillo (que años después adoptaría el pseudónimo de Apu-Rimak), recorrió el sur peruano, entre Puno, Cuzco y Arequipa, paisajes que le dieron temática para desarrollar un "indigenismo" particular, apartándose de la corriente oficial que imperaba en ese entonces.

El amor que sentía por la tierra que lo vio nacer le impregno un sabor telúrico y vital a sus pinturas. Desarrolló una nueva personalidad en la pintura costumbrista, ocupando un lugar privilegiado dentro de la plástica de América. Poseedor de una gran sensibilidad humana y creadora, esto lo llevo a la constante búsqueda de nuevas formas de expresión, donde la fantasía impera en la armoniosa composición de la luz y los colores de sus temas campestres y casonas coloniales. Sus temas nos muestran al terruño danzando de alegría y sensualidad, en ritmos armoniosos y a veces respetuosos contrastes aplicados con exquisito dominio cromático.

Sus recorridos por el sur peruano, entre Puno, Cuzco y Arequipa le dan temática para desarrollar un "indigenismo" particular, apartándose de la corriente oficial que imperaba en ese entonces.

Logró conciliar la rigurosa formación académica recibida de Daniel Hernández con una temática nativista arraigada en el paisaje de su natal Arequipa, en la Lima criolla y en el sur andino. Su excelente producción, truncada por su muerte, acusa una sorprendente madurez hacia 1928-1930, cuando realiza una serie de vistas de Puno y del lago Titicaca, compuesta con extrema habilidad formal.

Destacan sus obras: Orillas de Titicaca, Chacareros Arequipeños, Feria de Pucará, Sachaca, La balsa que vuelve, Procesión de Checacupe, Faenas titicanenses, Balseros del Titicaca y Arequipa.

Trabaja intensamente, lo que lo lleva a descuidar su salud contrayendo la tuberculosis.