La ciudad de Arequipa, cuna de grandes hombres en todos los campos del saber, las armas, la religión y el arte han engrandecido a nuestra patria.

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Juana Pérez de Salaverry


Juana Pérez de Palza e Infantas, nació en Arequipa el 27 de mayo de 1808, desde pequeña vivió en Tacna. Su familia procedía de linaje distinguido. Conoció a Felipe Santiago Salaverry cuando él era Subprefecto de Tacna, nombrado por el entonces presidente, Agustín Gamarra. El matrimonio se efectuó en el mes de julio de 1832, siendo de notarse que el padrino fue el propio presidente Gamarra. 

Manuel Bilbao en "Historia del General Salaverry diriá":

"Parecía destinada por la providencia a contribuir con sus virtudes, su belleza y su energía a la formación del héroe que corría tras del martirio para inmortalizar su nombre y honrar el nombre del Perú", p. 62. En 1834 Felipe Santiago recoge por la fuerza a un hijo suyo, nacido el 4 de diciembre de 1830 en Piura fruto de su amor con la dama Vicenta Ramírez, hija de acaudalados hacendados, que doña Juana acoge y educa acertadamente. Él será más tarde el poeta Carlos Augusto Salaverry, vencedor del 2 de mayo y líder del romanticismo.

Durante los tres años de vida conyugal demostró ser una mujer valerosa y jugó un papel importante en las incidencias políticas. Aportó con varias alternativas en las campañas de su esposo, no cejaba de aconsejarle y manifestarle sus temores sobre algunos de sus partidarios de quienes desconfiaba.

En el gobierno de Salaverry (1835-1836), doña a Juana Pérez e Infantas fue el bálsamo que atemperó el carácter irascible de su esposo.

Una de sus obras fue el D.S. del 18 de abril de 1835 que creí la provincia de Chiclayo. Expedido en Ascope y ratificado por el Gral. Agustín Gamarra el 23 de marzo de 1839, siendo entonces departamento de la libertad.

Uno de los destacados gestores de su creación fue don losé Leonardo Ortiz, amigo personal de Salaverry y colaborador de su causa.

Nadie mejor que doña Juana Pérez para expresar lo que esos breves años matrimoniales significaron y que bastaría para ponerla en un pedestal representando a todas las madres:

"Creo que en tres años que eres casado nunca has pensado en que tienes familia a quien hacer partícipe de tus desgracias. Como te fie conocido indolente para mí, y por otra parte siempre entregado a asuntos públicos, y sólo pensando en soldados y en guerras, he querido hacer los oficios de padre, no sólo de madre, y unas veces por súplicas y otras por reconvenciones, hacer que fijes una pequeña pero segura subsistencia... “Precisamente rabiarás luego que leas este capítulo, pero será porque no te pones en mi lugar, sola en tierras entrañas, sufriendo hasta de tus subalternos luego que vuelves la espalda, y lo que es peor para mí, la vista de esta criatura a quien he visto padecer, aún antes de haber nacido y que me llena de sobresalto y congoja."

Después de triunfar en Uchumayo, Salaverry es derrotado y apresado en Socabaya. En carta redactada poco antes de morir, el general Salaverry escribe a su compañera:

"... te he querido cuanto se puede querer, y llevo a la eternidad un pesar profundo de no haberte hecho feliz. Preferí el bien de mi patria a la de mi familia, y al cabo no me han permitido hacer ni uno, ni otro.

Educa a mis Hijos, cuida de ellos; tu juicio y tu talento me lo dejan esperar”

El 18 de febrero de 1836 Salaverry y los suyos son fusilados en la Plaza de Armas de Arequipa. Sobre el cimiento sangrante del cadáver de Salaverry, cuya figura el martirio ennoblece y agiganta, Santa Cruz va a intentar erigir el edificio de la Confederación Perú-Boliviana.

La muerte violenta de Salaverry significó para Juana Pérez e Infantas el inicio de una vida atormentada y hasta desequilibrada, no sólo por la pérdida de su esposo y de sus ideales, que ella compartía, sino una vida de exilio, de ingratitud y abandono de aquellos que acompañaron al joven caudillo en su apogeo. Vivió en medio de un laberinto de soledad y desolación. En su destierro, en suelo chileno, Juana Pérez e Infantas se mantuvo al tanto de los conflictos surgidos entre los emigrados peruanos y sus afanes con el gobierno chileno para organizar las expediciones restauradoras con el fin de derrocar a Santa Cruz.

Regresó al Perú en 1840, con su hijo Felipe Alejandro Salaverry Pérez y Carlos Augusto Salaverry Ramírez, de quien fue su madre adoptiva. Residirán en Lima, en la calle Piedra. Por instancias de Castilla, Carlos Augusto hace carrera en el ejército peruano y en 1855, de capitán, se subleva con Mariano Ignacio Prado en Arequipa, contra el tratado Vivanco Pareja.

"El tiempo siguió su obra de progresión numérica; los años colocaron nieve en los cabellos de doña Juana Pérez de Salaverry; las manos que acariciaron las sienes del enérgico general tornaronse arrugadas, para crisparse el 18 de marzo de 1888, ya octogenaria; y ser Elevada al sagrado recinto, en hombros de sus nietos, del respeto general, hasta el Cuartel de Santa Teresa N°8, Letra "D" y grabándose sobre la alba lápida, esta sencilla inscripción:

Ni una fecha, ni un recuerdo; pero sí un pedido a la posteridad: que se le reúna con su esposo, que los dos cuerpos que albergaron dos almas tan potentes, descansen el último lapso, unidos” (Diario "El Deber" del miércoles 17 de marzo de 1948).

Luego de enviudar, la familia se exilió en Chile donde mantuvo contacto con Castilla y Gamarra, que contribuyeron con sus herederos. Todos viajaron después a Europa donde el coronel Carlos Augusto es secretario de Legación. 

Consúltese: 
  • MANUEL BILBAO. Historia del General Salaverry. Tercera edición. Lima, 1936.
  • CELIA WU BRADING. DOS mujeres republicanas. En: Libro de Homenaje a Aurelio Miró Quesada Sosa. Tomo n. Lima, 1987. Diario "EL DEBER" (1948).
  • "JUANA P. VIUDA DE SALAVERRY.

Fuente:

Mario Rommel Arce Espinoza, "Arequipeños que hicierón historia".